Carlos V
Hacedor del imperio hispánico.
Carlos V fue emperador; fue César. El último y más universal de una Europa que buscaba abrirse a un nuevo tiempo. Por su manera de entender el arte de la política en los albores del Renacimiento, así como por su idealización del catolicismo, se le considera un convencido defensor de la mundialización.
V del Sacro Imperio y I de España, Carlos nació un 24 de febrero de 1500 en Gante, corazón de Flandes. Era hijo de Juana, vástago de los Reyes Católicos; y de Felipe, hijo del emperador Maximiliano. Llegó a la Península tras formarse con Adriano de Utrecht y Guillermo de Croy entre otros grandes humanistas de su tiempo. De carácter serio y muy poco dado a los halagos, su psique era el reflejo ofrecido por los valores de la caballería todavía vigentes en aquella época. Valores que incluían un incontestable sentido del honor, del heroísmo y del fervor emanado por la fe.

Carlos llega a la Península, a bordo del buque danés Engelen, desembarcando en Asturias. Era 1517. En España es reconocido como rey por las cortes de Castilla (no sin problemas al demandar crédito para financiar la dignidad imperial), de Aragón y de Cataluña, ante las que juró, además, como conde de Barcelona.
Carlos entabló una prolongada lucha con Francisco I de Francia por la hegemonía europea logrando vencerle en el plano diplomático primero, al ser investido como emperador en Aquisgrán (1520); y en los campos de batalla después, al resultar vencedor en Pavía (1525). Su reinado, marcado por la permanente amenaza turca en el Mediterráneo, se mantuvo bajo el lema Pax cristiani, infideles bellum, haciendo frente también a la guerra contra los príncipes protestantes azuzados por Lutero, así como contra el propio papado por intereses geopolíticos en Italia.
Carlos V modeló un reinado extraordinario: una fusión de conocimientos empíricos y teóricos, de lugares y culturas, de lenguas y creencias. Su ambición política dio lugar a que sus historias particulares iniciaran la primera globalizaión.
Sus numerosas campañas militares se tradujeron en no pocas victorias, lo que también impulsó un notable programa publicitario que mostrara la grandeza y magnificencia de sus triunfos. De este modo se hace presente una producción artística sobresaliente y deudora de una gran tradición borgoñona que se imbrica en la restitución de la antigüedad clásica.
Entre tanto, Castilla, seguía desplegando un inmenso poder en América. Además de la primera circunnavegación de Elcano, Cortés ganará un imperio en 1521 y Pizarro hará lo propio en 1532, lo que determinó la creación de
una nueva estructura administrativa que diera servicio a ultramar. Como contrapartida, los intereses de Carlos en Europa pasarán por una movilización de recursos financieros extraídos del Descubrimiento como nunca antes se había visto en Occidente. Así, los banqueros europeos financiaban las campañas del emperador que éste pagaba con los minerales que llegan de América a Castilla a través del llamado “quinto real”.

Durante su estancia en España (pasó 16 de los 40 años que duró su reinado) aprendió la lengua, que hizo oficial en la corte, y también cómo tratar a sus súbditos para no repetir los errores que se dieron al estallar los conflictos de las comunidades (Padilla, Bravo y Maldonado acabaron condenados) y germanías. El matrimonio con su prima Isabel de Portugal en 1526 fue muy bien recibido por los castellanos. Su luna de miel en Granada materializó el afamado palacio ubicado en el interior de la Alhambra. En 1527 nació el primogénito, el futuro Felipe II (con él lograra erigirse España como potencia mundial), en 1528 nació su hija María, futura reina de Bohemia, y en 1537 su tercera hija, Juana, que sería reina de la vecina corona lusa.
Carlos V, que nunca dejó de viajar y dejó una profunda huella en lugares como Viena, Argel, Florencia o Mühlberg; abdica en Bruselas en 1556. El lugar elegido para su retiro es el Monasterio de Yuste, en los bellos y serranos campos de Extremadura. Allí buscó acercarse a Dios y entender el ideal de los sentimientos nacionales (muchas veces anquilosados en raíces feudales) contrapuestos a su irredento ideal de política universalista. Le encomendó a su hijo dar continuidad a la tarea que él había dejado incompleta: la restauración de la unidad espiritual de la Cristiandad.

Sin ser, quizá, consciente, el emperador había iniciado el capitalismo moderno al que Felipe II daría forma con la primera globalización. Con su reinado se consolidaron las bases de la función pública y el Estado que dieron prosperidad a las naciones europeas.
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