Reyes Católicos
La construcción del poder regio en España.
Isabel de Castilla y Fernando de Aragón fueron, en cierto modo, la síntesis más precisa de una Cristiandad que buscaba encaminarse hacia un tiempo nuevo. No se puede hablar de ellos como “fundadores” de la actual España, pues estaríamos cayendo en un fuerte anacronismo, pero su política, aun siendo la de una Unión Dinástica y no política, allanó el camino hacia un futuro que —imperio mediante— sí terminaría por consagrar una mecánica administrativa más enfocada hacia el Estado moderno. Una entidad cuya naturaleza busca un mayor centralismo fiscal, además de una planificada unificación territorial.

Isabel, nacida en 1451 en el corazón de Castilla, se formó entre turbulencias sucesorias que moldearon su disciplina de ánimo y su extraordinario sentido estratégico. A ello contribuyó una muy buena formación huma-nística por parte de sus preceptores, entre ellos: Fray Martín de Córdoba, Beatriz Galindo, Gutiérre de Cárdenas y Gonzalo de Chacón. Fernando, hijo de Juan II de Aragón, creció en un mosaico político donde el pacto con las Cortes era ley esencial de gobierno. Cuando ambos se prometieron quedaron afianzadas algunas líneas de gobierno convergentes, como por ejemplo, potenciar el Consejo Real —órgano de consulta y justicia—, el control de las órdenes militares, el robustecimiento del ejército con el fin de iniciar una profesionalización, la reforma del clero secular y, especialmente, cimentar la autoridad frente a una nobleza cuyo
poder había alcanzado, en tiempos anteriores, cotas difícilmente gobernables. Pero cada uno reinó conforme a las leyes y haciendas de sus respectivos territorios.
“Los Reyes Católicos reinaron con la conciencia del deber como valor político sobre cualquier otra consideración.”
Como es bien sabido, la política exterior se convirtió pronto en escenario de ambiciones compartidas. La campaña de la Guerra de Granada (1482-1492) —último gran episodio de la historia islámica peninsular— culminó con una capitulación que prometía conservar tradiciones y estructuras locales; promesa que con el tiempo se vería erosionada haciendo peligrar incluso el propio marco de estabilidad administrativa de los Reyes allí. En Italia, Fernando reactivó la vieja proyección medite-rránea de Aragón, midiendo fuerzas con Francia por la hegemonía italiana en un juego diplomático al que darían continuidad diferentes casas regias de Europa en el siglo siguiente. Y en ese mismo 1492, casi como una señal de que la historia cambiaba de ritmo para siempre, el viaje de Colón abría un horizonte desconocido que pronto exigiría nuevas instituciones legales y jurídicas, entre ellas la Casa de Contratación, destinada a regular y comprender un mundo gigantesco que apenas empezaba a revelarse.

De nuevo en casa, no se puede obviar que en 1478, debido a la presión ejercida por los cristianos viejos, se implanta en Castilla el Tribunal de la Santa Inquisición con el fin de juzgar a los judaizantes.
La expulsión de los judíos en 1492 y la progresiva presión sobre las comunidades mudéjares revelan una voluntad de unifor-mización que respondía a los temores doctrinales y políticos de la época. En un continente sacudido por la ansiedad religiosa y el creciente deseo de control social, estas medidas buscaban brindar una estabilidad pero dejaron, sin embargo, heridas profundas. De algún modo, anticiparon las tensiones espirituales que marcarían las Guerras de Religión el siglo XVI, cuando la Cristiandad se fracturó irremediablemente, desde el norte de Centroeuropa hasta los confines meridionales del Mediterráneo.

Al filo del año 1504, con la muerte de Isabel, y tras el retorno temporal de Fernando para contener la anarquía castellana junto al estadista —y asceta— Cardenal Cisneros, concluía un reinado que había transformado la Península sin llegar a unificarla. Es conveniente insistir: los Reyes Católicos no fueron fundadores de un Estado moderno en sentido estricto, pero sí los arquitectos de una monarquía nueva: más organizada, más ambiciosa y más consciente de su papel en un mundo que se ensanchaba a cada paso. A su nieto Carlos V —el César de Europa— le legaron un conjunto de reinos cohesionados, una monarquía compuesta, solo por la voluntad de gobernarlos conjuntamente: un equilibrio frágil, pero también una posibilidad histórica sin precedentes que logró hacer de España un imperio como jamás se había visto.
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